Las asociaciones vecinales del sexto distrito insisten en la necesidad de una obra con un auténtico fin social ante las más que evidentes necesidades de la zona

30/11/12. Sociedad. Nadie espera encontrarse con una ciudad radicalmente distinta cuando cruza una esquina. Y, efectivamente, nadie se topa con una metrópoli distinta cuando cruza la esquina de la Avenida Andalucía con la de Juan XIII, lindando la comisaría de la Policía nacional. Cruz de Humilladero es un distrito como cualquier otro: con sus más , con sus menos, con sus características. Pero es, sin lugar a dudas, un objeto de polémica: la Universidad Católica San Antonio de Murcia quiere instalar en la antigua cárcel provincial, que allí se ubica, un campus universitario. El alcalde ya tiene este proyecto sobre la mesa. Antonio Vega Aguilar y Luis Carlos Velasco, presidentes de las Asociaciones de Vecinos ‘La Cooperación’ y ‘El Duende’, albergan, aun así, la esperanza de que un espacio como el de la antigua prisión se pueda destinar a un uso público eminentemente social, o, al menos, a la creación de más zonas verdes. EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com los acompaña dando un paseo por el distrito, mientras descubre algunas de las peculiaridades de esta zona de la ciudad.

EN plena Avenida de Juan XXIII se ubica el hospital Virgen del Carmen. La entrada de este centro sanitario está repleta de actividad. Cuatro taxis se agolpan a sus puertas mientras sus conductores leen el periódico, o comentan, con aire distraído, el último partido del Málaga. Enfermeras entran y salen a través de las puertas automáticas, con miradas cansadas, preguntando quién es el siguiente en ser atendido. Numerosos familiares de los pacientes esperan, sin desesperar, en la puerta del lugar. Y un aparcamiento de bicicletas está completamente vacío. “¿Es seguro dejar la bici aquí?”. “No”. El presidente de la AA.VV. ‘El Duende’, Luis Carlos Velasco, se muestra tajante al respecto. “No es nada seguro. Hombre, están los taxistas, la gente de aquí del hospital, pero…”. El sexto distrito empieza a presentar sus peculiaridades. La avenida Juan XXIII, puerta de entrada a Cruz de Humilladero, está abarrotada de tráfico y de transeúntes. Contrasta con la tranquilidad de la calle perpendicular, la avenida de Ortega y Gasset. Es aquí donde se ubica la antigua cárcel, objeto de la discordia por las intenciones de la Universidad Católica San Antonio de Murcia.


POR la calle, sólo caminan a paso lento y tranquilo una pareja de ancianos, que tres niños de color rodean mientras corretean y juegan. El mestizaje es el menor de los problemas en el distrito, y así lo testifican Luis Carlos Velasco y Antonio Vega. “Hay musulmanes, gente del Este, chinos, sudamericanos…”. Tras el repaso de nacionalidades que cohabitan en el distrito, asienten: “Pero no hay problema, todos están muy integrados”. “Con los chinos quizá si haya algún problema, pero simplemente por la barrera del idioma”, admiten, a la par que no niegan que el Paseo de los Tilos sea la particular “zona subsahariana” de la ciudad. Sin que esto, por supuesto, suponga mayor problema en barrios en los que el crisol de culturas se da, se respeta y se cuida. Cruz de Humilladero es –junto al Distrito Centro, la Palmilla y ella Carretera de Cádiz- una de las zonas en la que se concentra la población foránea, más de un 15 por ciento del total según datos de 2005 del Observatorio de Medio Ambiente Urbano (OMAU).

A pesar de que se entienden ciertas zonas del distrito como marginales, Velasco y Vega no son tan rotundos en este aspecto. Con el sol ya puesto, aún circula gente por la calle y algunos niños siguen jugando fuera. Muchos jóvenes adelantan a los representantes vecinales con bicicletas por la acera. “Una de las muchas propuestas que hicimos fue abrir un carril especial para ciclistas”. Algunos adoquines de las calles, sin embargo, están levantados, y al final de una cuesta se aprecia un contenedor de basuras agujereado, en visible mal estado.


CERCA se levanta un bloque de cinco pisos, de nueva construcción y con una original y colorida fachada con zonas de ladrillo visto. A su lado, una de las imágenes que más marcan este barrio: una casa mata de apenas dos pisos. Este contraste da a entender una nefasta política de urbanismo que ha desembocado en un área repleta de necesidades, como una simple zona verde o de juegos infantiles. “La cuestión no es universidad sí o universidad no, la cuestión es función del edificio pública o función privada”. Las asociaciones de vecinos ya pelean por las instalaciones de la antigua cárcel provincial. “Lo único que queremos es un edificio que albergue asociaciones o iniciativas ciudadanas como una residencia para ancianos... y si el espacio se queda grande, demoler parte del mismo y hacer parquecitos, que no hay apenas en el distrito”, en el que están censados 93.995 ciudadanos y que frente a los 20 metros cuadrados de zonas verdes por habitante que recomienda la Unión Europea, apenas cuanta con un exiguo porcentaje de 9,2 metros cuadrados por persona.

MIENTRAS los habitantes del distrito se apiñan a las puertas de las casas mata a charlar, los más pequeños juegan con triciclos o simplemente corretean por los alrededores. Una verja aún impedía el paso a un pequeño parque con aparatos para hacer ejercicio. Se inauguró el pasado jueves. “Es una pena, porque esto para mañana ya lo van a tener quemado”. Así espetaba una señora del barrio a Velasco y a Vega, mientras avanzaba a paso ligero por la calle Fernández Fermina. Las expectativas de los ciudadanos para con la “renovación integral de una barriada en la que se han invertido más de 33 millones de euros” que ha acometido el ayuntamiento son realmente bajas. Y apunta al contraste que originaría una supuesta universidad privada, presumiblemente elitista, en una zona así. Pero aquellos que viven en Cruz de Humilladero no pierden la esperanza en que algún día el barrio pueda contar con un edificio con una función social, que atienda sus necesidades reales. Que albergue, por ejemplo, y en palabras de Luis Carlos Velasco; “a los chavales que están tirados en la calle, que dejaron los estudios, se metieron en la obra, y ahora están sin nada”. Un problema que se da no sólo en este barrio, sino en cualquier rincón de este país, y al que es tristemente sencillo volverle la cara.



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